Bienvenidos de vuelta, lectores, arbustos rodantes y cactus, reciban mi saludo afectuoso con estas letras, y el del forajido Nabetse con el siempre adorable dibujo de la semana (que hoy viene recargado, pues hace referencia a otro que es parte de un proyecto al que le tenemos mucho cariño y pueden ver completo aquí XD).
Tal como les había comentado en el último post, el de hoy tratará sobre dos de los momentos primordiales de la escritura, al menos desde mi siempre discutible punto de vista. Porque en realidad si observamos todo el proceso de desarrollo de una obra literaria desde su nacimiento como idea hasta su culminación (es decir, hasta ese momento en que el autor dice “bueno, hasta aquí llegué con esto”), hay muchas más etapas que las dos a mencionarse hoy aquí, y que habremos de ver sin duda más adelante, a lo largo de nuestro deambular por este yermo de vocaciones complicadas.
Estuve un poco afuera de todo esta semana, incluso de la escritura si consideramos como tal exclusivamente el momento de sentarnos a poner las palabras como ladrillos en el papel o el procesador de textos para construir nuestros mundos de ficción. Pero las tareas que me tuvieron ocupada durante la primera parte de la semana y la enfermedad que me tiene todavía confinada cual amenaza biológica me llevaron a reflexionar aún más en el tema de hoy. Porque como ni siquiera me sentía con las fuerzas suficientes para sentarme frente a la pc todo lo que me quedaba era imaginar determinadas situaciones protagonizadas por los personajes de la historia en la que estoy trabajando, durante los breves instantes que pasaba despierta primero y después, ya más recuperada, mientras guardaba reposo y evitaba cosas como ver películas o la TV para no causarme dolores de cabeza.
Seguí escribiendo, quiero decir, solo que de otra forma :)






